Anitta, de Brasil para el mundo

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En el video aparece una toma aérea de Vidigal, una favela enclavada en las montañas de Río de Janeiro que también podría ser perfectamente un barrio de Medellín o de cualquier otra ciudad latinoamericana. Hay calor, hay fiesta, hay mujeres en biquini y personas con cadenas doradas que toman el sol en una terraza. De repente, aparece Anitta acostada sobre el techo de una volqueta que cumple las veces de piscina. Canta sobre una mujer “malandra”, sexual, que se roba las miradas con sus movimientos.

En síntesis, canta sobre ella misma.

Cuando nació, en 1993, sus papás le pusieron Larissa. Sin embargo, desde que empezó a cantar en programas de televisión y fiestas de funk en Río de Janeiro creó un alter ego que se llamó Anitta. No ha dejado ni una sola decisión de su carrera al azar: desde el primer video que subió a YouTube cuando tenía 17 años, hasta las clases de fonética que tomó para dominar todos los acentos de Brasil y para poder cantar con propiedad en español o en inglés responden a un plan cuidadosamente trazado para poner a todo el mundo a escuchar sus canciones. Hoy, a sus 26 años, está segura de que su plan funcionó: tres de sus canciones han logrado estar en el top 10 de Billboard, tiene más de 18 millones de oyentes mensuales en Spotify, su video más visto en YouTube supera los 420 millones de reproducciones y ha sido la única brasileña que se ha presentado en The Tonight Show de Jimmy Fallon.

 

Su mentalidad es estratégica y calculadora. Antes siquiera de que la reconocieran en la escena del funk carioca, tomó cursos de administración y de mercadeo; ahí entendió mejor el funcionamiento de la industria del entretenimiento. Entendió la manera en que la música se estaba adaptando a las nuevas plataformas, las métricas y las redes sociales, y entendió que la clave estaba en las colaboraciones y en los intercambios con otros artistas, que permitían llegar a nuevas audiencias. En los últimos dos años, por ejemplo, entró a la escena del reguetón al hacer Downtown, con J Balvin, y Machika, con Maluma; a la de la música electrónica norteamericana con Sua Cara, una colaboración con Major Lazer; al pop global, después de grabar Faz Gostoso con Madonna, y al rap, con Onda diferente, que hizo con Snoop Dogg. Y, como si eso fuera poco, compartió escenario con íconos de su país, como Caetano Veloso, durante la inauguración de los Juegos Olímpicos del 2016.

Sin embargo, Anitta y su música son solo la punta visible del trabajo que ella hace en la industria del entretenimiento: cada vez que tiene un minuto se convierte en Larissa de Macedo y toma su celular para responder mensajes de trabajo. Le gusta encargarse personalmente de sus negocios, que se concentran en una empresa que produce otros artistas y que administra la marca inmensa que ella misma creó. Por eso, es Larissa de Macedo la que firma como coproductora un documental de Netflix –Vai Anitta–, la que se inventó una serie de animación para niños –Clube da Anittinha– y la que ofrece charlas empresariales, en las que habla de Anitta como un caso de éxito de marketing en la industria musical.

 

Estamos en una casa de Chapinero Alto, en Bogotá, donde Anitta estuvo varias horas en una sesión de fotos con Hernán Puentes exclusiva para DONJUAN. Cuando baja las escaleras y se acomoda en el sofá es imposible no quedarse mirándola: nunca esconde su sensualidad, ni cuando la cámara está disparando ni cuando el equipo se toma un breve descanso. A ella le gusta que la miren: no para de hacer chistes y aunque está un poco cansada –la noche anterior tuvo un miniconcierto para presentar su nuevo disco, Kisses–, sabe cómo dejar toda su energía en cada una de las fotos. Sabe asumir su papel como una estrella de la música global y no niega ninguna de las selfis que le piden.
Finalmente, pide un minuto para contestar algún mensaje de trabajo, se monta en la camioneta que va a llevarla a la sede de su disquera para una reunión de trabajo, se recuesta en la silla para descansar y mientras señala el puesto de al lado, dice: “Listo, amigo. Pon la grabadora y pregunta. ¿Qué quieres saber?”.

Usted empezó su carrera en el funk carioca, un género musical y un fenómeno cultural que resulta desconocido para nosotros los colombianos.

Lo que pasa con el funk en Brasil es lo mismo que pasa con el reguetón en Colombia. Si quieres saber lo que es el funk, su tradición y cómo la gente lo vive, solo tienes que mirar cómo hacen reguetón en los barrios, pero le cambias el ritmo y lo cantas en portugués [risas]. El funk se escucha mucho en fiestas que se hacen en favelas donde se reúne mucha gente; a veces es un poco peligroso, pero es una costumbre en las calles de Brasil. Piensa en una fiesta semanal: todas las semanas la gente se toma las calles bailando, porque ese es el tipo de entretenimiento que hay para los que viven en las favelas y no pueden pagar otro tipo de fiestas.

¿Cuál fue su primera fiesta de funk?

¡Ay, por Dios! Creo que tendría trece o catorce años. Eran las fiestas que hacíamos con amigos del barrio. Como lo que más me gusta hacer y lo que siempre hacía era bailar, la pasaba muy bien. Ya después empecé a cantar también en barrios, en esas mismas fiestas.

Pero antes cantaba en coros religiosos…

Sí, cantaba en las iglesias cuando era niña. Mi abuelo fue el que me llevó. Él sabía tocar el órgano, entonces yo lo acompañaba y fui involucrándome con el canto góspel. Éramos católicos y, si me preguntas, creo que lo primero que canté fueron esas canciones como el “Alabaré, alabaré” [risas].

 

¿Nunca se interesó en seguir los pasos de su abuelo?

Él intentó enseñarme a tocar órgano y aprendí a leer las partituras… Pero cuando estaba empezando a tocar, él se fue, murió, y no quise seguir aprendiendo. Pero nunca dejé de cantar.

La danza hizo parte de su vida también.

Sí, sé bailar salsa, tango, bolero. Todo. Lo que pasa es que yo vivía en un barrio muy humilde y el plan al que siempre iba con mi mamá eran las clases de baile en parejas que daban cerca de nuestra casa. Íbamos dos o tres veces por semana y aprendíamos a bailar cualquier cosa.

La primera vez que firmó un contrato fue porque un productor de funk la vio en un video de YouTube. ¿Cómo era ese video?

Eso fue en el 2010. Tenía 17 años y subí un video en el que cantaba una canción de funk muy popular pero muy local, que solo sonaba en los barrios de Río de Janeiro. ¡Yo fingía que un perfume era mi micrófono! Lo que terminó pasando es que unas personas que trabajaban en un programa de televisión de funk vieron el video y me llamaron, entonces empecé a trabajar con ellos. Después hice una canción mía y empecé a hacerme conocer en Brasil.

 

¿El video era un juego o un plan suyo para que la conocieran?

Era un plan. Todo en mi vida ha sido calculado: cada frase, cada decisión que tomo ha sido parte de un plan para lograr llegar al lugar donde estoy ahora. A mí me gustaba mucho bailar, pero estudié administración, y como el entretenimiento es un negocio, he podido desarrollar mi propio plan de marketing, sin depender de nadie.

¿Y quién le enseñó a ser así?

¡Yo no sé! Nadie en mi familia es así. Yo nací con esta forma de ser, con esta obsesión por planear cada movimiento, como si fuera una estrategia.

En sus primeros videos, de canciones como Menina Má o Show das Poderosas, usted empezó a asumir una imagen de mujer muy sexual, pero también muy independiente. ¿Cómo fue para usted convertirse en un ‘sex symbol’?

Desde siempre he sido muy sexual. Cuando era adolescente me encantaba bailar con sensualidad, me encantaba seducir. Yo disfruto ser así, me gusta. Sin embargo, también fue difícil, porque desde hacía mucho tiempo en Brasil no surgía una artista grande, comercial y popular que tuviera un sex appeal tan explícito. Cuando empecé a ser conocida, enfrenté mucho el prejuicio de la gente, tanto de hombres como de mujeres. Decían que era muy vulgar, que estaba mostrando demasiado el cuerpo, que por qué hacía twerking si era un movimiento tan sexual… ¡Pero a mí no me importa, cara! Es lo que me gusta hacer. Y yo no solo canto porque me guste la música, también hago esto porque me gusta la idea de mostrar a una mujer liberada. A veces solo digo cosas para provocar la discusión y la controversia, para que la gente entienda que hay personajes diferentes, que piensan diferente, y que tudo bem, que hay espacio para todos.

Aunque ya era reconocida en Brasil, el resto de América Latina empezó a escuchar de usted en el 2016, cuando hizo un remix de Ginza con J Balvin. ¿Usted ya escuchaba reguetón?

La verdad, no. Creo que la primera canción de reguetón que escuché en mi vida fue Ginza, precisamente. Lo que pasa es que en esa época ni el funk sonaba en América Latina ni el reguetón sonaba en Brasil. Obviamente, a veces en las fiestas sonaba Gasolina, pero nada más.

 
 

Escuché que esa colaboración fue posible por un mensaje que usted le mandó a J Balvin por Instagram. ¿Fue otro de esos movimientos calculados de su carrera?

Sí, exacto. Yo estaba en la casa de Neymar Jr., en España, y empezó a sonar Ginza. Entonces le pregunté: “¿Qué canción es esta?”. Ahí empecé a conocer el trabajo de J Balvin y como me encantó, lo seguí en Instagram, le mandé un mensaje y él me contestó. Le conté que cada vez que yo viajaba y escuchaba canciones de reguetón me daba cuenta de que el próximo gran fenómeno musical en el mundo iba a ser el reguetón y la música en español. Era cuestión de números, porque hay mucha gente que habla español. Pero como Brasil también es un mercado inmenso donde el reguetón no había explotado, hicimos un intercambio: yo presenté a J Balvin y a Maluma en Brasil, y ellos me presentaron en Colombia.

¿Cuál fue la primera vez que vino a Colombia?

Hace unos dos años, cuando grabé el video de Machika con J Balvin, en Medellín. Fue una experiencia increíble porque Brasil es muy parecido a Colombia: las calles y los barrios son iguales, la manera de ser de la gente es prácticamente igual. Cada vez que voy a Medellín me siento en Río de Janeiro, y cada vez que estoy en Bogotá siento que es como si estuviera en Sao Paulo… En fin, en Medellín me sentía como en mi casa.

¿Ya salió de fiesta en Colombia?

¡No! Pero no me puedo quedar sin hacerlo.

 

En los últimos dos años, ya su música explotó en todo el mundo y llegó a hacer colaboraciones con decenas de artistas. El año pasado hizo una colaboración con Madonna, Faz Gostoso.

¡Fue increíble! Yo crecí sabiendo la importancia que ella había tenido para las mujeres: ella es un símbolo de esfuerzo y de una lucha para que la mujer pudiera expresarse sexualmente de la manera que quisiera. Ella es en parte responsable de la libertad que tenemos hoy.

Y este año, para su nuevo álbum, hizo otra con Snoop Dogg.

Esa tampoco me la esperaba. Él vio Vai Anitta, la serie de Netflix sobre mi vida, hasta que un día me llamó por teléfono y me dijo: “Anitta, yo soy tu fan, quiero trabajar contigo”. Y yo: “¡Ok, hagamos algo juntos!” Soné muy seria, pero la verdad es que yo desde que era adolescente estaba loca por él.

¿Con quién le falta trabajar?

¡Ahhh! ¡Con Drake!

 

Ahora hablaba de Vai Anitta, la serie documental sobre usted que está en Netflix. ¿Fue idea suya?

Sí. Yo quería mostrarle a la gente que además de cantar y bailar, soy también compositora, soy mi propia mánager, tomo mis decisiones y hago parte de todo el negocio de entretenimiento que está alrededor de mi trabajo. Creo que es una manera de inspirar. Ya estamos trabajando en la segunda temporada, vamos a empezar a grabar pronto.

Como artista, usted ha logrado estar en un lugar muy interesante donde se mezcla la música de Brasil con las de los otros países de América Latina, pero también con la electrónica o el rap. ¿Cómo define usted la identidad musical de este continente?

Los latinos somos muy de sentir. Nuestra música se siente, no es una fórmula, sino que tenemos que vivir el arte que hacemos. Y lo disfrutamos. Creo que esa calidez que establecemos en cualquier relación, esa familiaridad con la que nos tratamos, se refleja en la música que hacemos.

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